Vuelve conmigo

Relato corto de suspense sobre una pareja. Los periquitos hablan solos. Mejor escrito thriller y misterio.

Mario tenía dos periquitos enjaulados en su nueva casa. Una noche, mientras se preparaba el café, rellenó el comedero que tenía dentro de la jaula. Espolsó las cáscaras y nuevamente dispensó más grano en él. Minutos más tarde se sentó en el sillón monoplaza para tomarse el café tan plácidamente. Pero no fue así. De repente uno de los dos periquitos habló y el hombre se quedó mudo, atónito ante tal ocurrencia.

Qué guapo eres, nene.

Asombrosamente uno de los dos periquitos reprodujo esa frase. El extrañado sacó corriendo el móvil para grabar una toma mientras el periquito volviera a decir lo mismo, pero no hubo oportunidad alguna. El muy canalla no desplegó palabra alguna. ¿Cómo podía ser que hablara si él no les había enseñado a hacerlo? ¿Quizá los compró amaestrados, pero en poco tiempo que llevaba con ellos no cogieron la suficientemente confianza? ¿Y por qué solo habló la hembra y no el macho?

Esa noche Mario no puedo pegar ojo alguno. Las ideas se le atragantaban demasiado y tuvo terror. Pánico al habla de un simple animal, de un pájaro. La paradoja de que cualquier humano estaría deseando que su perro, el gato, una tortuga hablara, pero, a él no le apetecía escuchar de nuevo esa frase. Dejó la luz encendida toda la noche hasta que dando cabezazos contra la almohada consiguió dormir un par de horas. A la mañana siguiente se le ocurrió coger un trípode que tenía para el móvil y grabar la jaula hasta que la memoria del aparato quedara llena. Conectó el cargador al enchufe y la otra punta al smartphone. Rec y marchó a trabajar.

Sobre las ocho de la tarde, y después de entrar en su casa, lo primero que hizo al llegar fue reproducir todos los videos existentes, pero era imposible, era muy complicado repasar horas de grabación. Al final desistió tras diez minutos con el dedo atrasando el clip de video y avanzando hacia delante. Desistió, igual que hubiésemos hecho todos los demás humanos. No tuvo otra opción que seguir con la tarea del hogar y se dispuso a hacer la cena. Abrió la nevera y cogió dos huevos fritos y unas lonchas de jamón. Justo en el mismo momento en el que iba a romper la cáscara de huevo, el periquito volvió a hablar.

¡Qué guapo eres, nene!

El impacto del huevo sacudió todo el salón, aprovechando su rostro de miedo para observar a los periquitos, que estos se encontraban a su vez mirándole a él. Dejando la cena a un lado de los quehaceres se acercó al ordenador de sobremesa que tenía en una mesa de cristal y lo encendió. Tras la espera oportuna de arranque, inició Google y buscó. ¿Pueden aprender a hablar los periquitos por sí solos?

No. Esa fue la respuesta macabra. Sin haberlos enseñado o pasado mucho tiempo a oscuras mientras se les habla durante mucho tiempo, era imposible que ese animal de plumas amarillas pudiese esparcir al aire esas cuatro palabras elegantes.

Otra noche en la que tendría que dormir con la luz encendida y una oreja abierta. Así son las leyes del descubrimiento humano y animal.

No puedo dejar que esto me sobrepase. Tengo que ponerle remedio.

Los pies de Mario acariciaron el suelo, sus manos la bata y decidió dormir en el sofá para escuchar de nuevo cómo el animal volador le halagaba tan gratuitamente, pero no llegó a ocurrir nada. No al menos hasta la mañana siguiente, que, al despertarse para asearse en la ducha, se dio cuenta de que en el suelo y, pegada al pie del urinario, se hallaba una fotografía suya. Un rayo de nervios recorrió el estómago hacia la boca y una bocanada de vómito salió por su cuerpo. ¿Cómo demonios había una fotografía de él en su propia casa? ¿Quién la había dejado ahí?

Con manchas todavía en la ropa se levantó del wc y solo cogiendo la cartera y las llaves salió disparado hacia la calle. Introdujo las llaves en el vehículo y el contacto hizo que el motor se pusiera en marcha. No tardó más de quince minutos hasta visitar la casa de un amigo suyo. Era cazador.

—Déjame por favor tu escopeta. Si confías en mí, mañana te lo cuento todo, te lo prometo.

—Está bien. Si pasa un día y no tengo señales de ti, llamaré directamente a la policía. ¿Está bien?

—De acuerdo.

Su amigo entró a su casa y se dirigió hacia el armero, cogiendo la escopeta y en cuestión de segundos montó la empuñadura con el cuerpo. Un segundo después estaba cerrando la cremallera y volviendo con su apreciado amigo.

—Aquí tienes. Cuidado que está cargada. Solo tienes que quitarle el bloqueo desde esta palanca. No te explico como recargarla porque lleva dos balas. Son balas, no perdigones que al disparar se abren al aire.

—Vale, entonces le quito el seguro, apunto y aprieto al gatillo. ¿Es así?

—Correcto.

—Gracias.

El mismo tiempo que tardó en llegar a la casa de su amigo tardó en volver, y la única puntualización del viaje de vuelta es que, de los nervios, los pies casi no le funcionaban, siendo así que el coche se le caló dos veces y en un mismo semáforo. Dos avenidas y cuatro calles separaban las dos casas.

Quito el seguro y disparo, no te líes.

Mientras repasaba así mismo las instrucciones, aparcó el coche, quitó las llaves del contacto y acercando la cabeza hasta tocar el cristal de la ventanilla, vio luz en su casa. Unos sudores fríos aparecieron repentinamente abrazando toda la piel. La mano derecha rozó la maneta de la puerta de atrás y abrió la puerta trasera del vehículo hasta coger la funda y sacar la escopeta. Segundos más tarde estaba subiendo por las escaleras hasta que metió las llaves en la cerradura.

Click.

El cañón de la escopeta apuntando hacia delante y él con la entrepierna mojada del sudor. Recorrió el minúsculo pasillo hasta que giró su cuerpo cuarenta y cinco grados. Allí se dibujaba la silueta de una mujer de espaldas.

—¡Si te mueves te disparo!

—No vas a disparar, guapito.

—¿Quién demonios eres y cómo has entrado a mi casa?

—¿No me reconoces?

La mujer se dio la vuelta e hicieron un cara a cara visual. De golpe la mano de Mario se abrió y la escopeta calló al suelo del susto, provocando que accionara el gatillo y matando al pájaro hembra que tanto hablaba. Junto a la jaula, su ex pareja María, una despechada mujer que no aceptaba que la relación que tenían ambos se terminase. Ella entraba todas las mañanas cuando él no estaba en casa, y con una fotografía y colocándola con celo en la jaula, repetía una y otra vez la frase para que los periquitos se la aprendieran. Para ello bajaba las persianas y cerraba las puertas. No había casi luz para los animales. Guardia tras guardia hacía ayudándose de unos prismáticos para saber cuándo Mario se iba a trabajar. En la otra punta de la ciudad, una amiga suya de la misma calaña le avisaba por teléfono cuando el hombre llegaba a las puertas del trabajo, para asegurarse de que tenía jornada de trabajo. La fotografía se le cayó al wc mientras orinaba.

Nota: siempre hay que finalizar las relaciones sin reprochar ningún regalo que se haya hecho mutuamente, pero nunca os olvidéis de cambiar la cerradura de la puerta de casa.

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